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El Espejismo de La Moneda: A ocho meses de un gobierno sin brújula, de rencillas y soledades

El Palacio de Toesca ya no es administrado por un estadista capaz de evitar el ostracismo; es el refugio de un mandatario distante, desprovisto de empatía pública, cuya génesis ideológica parece emparentada con aquellos sectores históricos que miraban con desdén al pueblo. Aquel mismo pueblo que hoy —con la furia vertiginosa de la decepción— le da la espalda.

Se dice sin eufemismos y de forma elocuente, -frente a los sucesos que han marcado estos primeros ocho meses de administración- que es un gobierno que mintió para llegar y que continúa mintiendo para sostenerse.

Por Gustavo Cid Asenjo

Nota editorial El Gong y Fresia Ahora

No resulta fácil descifrar con frialdad el tablero político chileno actual, y mucho menos calibrar con objetividad la gestión del gobierno de José Antonio Kast. En la superficie, los autogoles y los errores no forzados se han vuelto parte de una impronta precaria, revelando apenas la fachada institucional de La Moneda, pero ocultando los intrincados laberintos de rencillas y soledades que se viven en su interior. El Palacio de Toesca ya no es administrado por un estadista capaz de evitar el ostracismo; es el refugio de un mandatario distante, desprovisto de empatía pública, cuya génesis ideológica parece emparentada con aquellos sectores históricos que miraban con desdén al pueblo. Aquel mismo pueblo que hoy —con la furia vertiginosa de la decepción— le da la espalda.

Las promesas de campaña, levantadas sobre mentiras estratégicas y una maquinaria de polarización, se desmoronan bajo el peso de la realidad. Como ya admiten sin empacho sectores que alguna vez le tendieron la mano, ese voto de confianza nunca debió emitirse. Se dice a gritos frente a los sucesos que han marcado estos primeros ocho meses de administración: un gobierno que mintió para llegar y que continúa mintiendo para sostenerse.

Incluso los sectores más acomodados del país expresan hoy su malestar en foros internacionales y pantallas de televisión; los mismos escenarios donde Kast recorrió el mundo denigrando a Chile, agitando un discurso catastrofista que rozaba el antipatriotismo. Una narrativa del colapso que se perpetuó tras asumir el poder, cuando sus principales asesores acuñaron la infame consigna de que “Chile está en quiebra”. Con esto, reeditaron el peor rostro de los termocéfalos de antaño —aquellos operadores que, desde trincheras extremas, socavan el porvenir y la estabilidad democrática bajo el disfraz de falsos patriotas ilustrados—. Terminan siendo los verdugos de un país que hoy sufre mucho más que bajo las administraciones que ellos mismos denostaron y utilizaron como trampolín electoral.

Hoy asistimos al desplome de un liderazgo edificado sobre el marketing malévolo y la confrontación vacía. El mandatario demuestra una preocupante insuficiencia táctica y cognitiva para la conducción del Estado, refugiándose en viejas prácticas de tinte autoritario, dogmático y radical. Su paso previo por el Congreso destaca por la irrelevancia: nunca brilló por ideas transformadoras ni por acuerdos transversales. Hoy gobierna a golpe de decreto e imposición, apelando a mayorías circunstanciales en el Congreso, reacio al diálogo y enemistado con la conciliación.

En este escenario, las derechas tradicionales de Chile Vamos transitan por un callejón sin salida. Pese a los constantes desplantes y descalificaciones del Partido Republicano —que los bautizó peyorativamente como la «derechita cobarde»—, insisten en una lógica de coalición subalterna. Como advierten voces lúcidas de ese mismo sector, el bloque corre el riesgo trágico de convertirse en el mero «vagón de cola» del proyecto radical.

Alzados como dueños de una verdad con olor a azufre, el mandatario y su círculo de hierro se encaminan al aislamiento. Lo evidencian ministros impugnados por sus propias bases y secretarías de Estado sumidas en el caos: un Ministerio de Cultura con un titular interpelado por la Contraloría; una cartera de Ciencias atrapada en disputas internas que exigen la intervención de La Moneda; y un Ministerio de Agricultura que recibe el repudio irónico de los sectores productivos ante la nula respuesta frente a las emergencias climáticas en el campo.

La lista es larga y el diagnóstico es lapidario: falta de timón, improvisación constante, una retórica de sonrisas vacías y una credibilidad ciudadana que roza mínimos históricos. Todo ello enmarcado en el síntoma más peligroso de todos: un asomo latente de ingobernabilidad.

Chile no merece este retroceso. La democracia que tanto costó recuperar exige resistencia, altura de miras y propuestas de Estado. Frente a esto, una oposición fragmentada tiene la obligación histórica de articular una postura homogénea y creativa, capaz de frenar el autoritarismo gubernamental antes de que el costo institucional sea irreparable.

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