El emplazamiento, con sentido de reproche a la oposición, vuelve a crear o profundizar el clima de mayor polarización y de falta de entendimiento y empatía del presidente frente al complejo momento de su gobierno y la escasa adhesión a su gestión. Su mención a un poder del Estado, como es el legislativo, (aquí mando yo) pudiera entenderse en un contexto de estimación peyorativa o agraviante, lo que hace predecible,una rápida respuesta opositora y parlamentaria que agudice aún más la magra relación con el adversario político e incluso con su propia coalición, algo desmembrada, desilusionada y con asomos de rechazo a las iniciativas del Ejecutivo en el Congreso Nacional.
Desde Europa, el presidente José Antonio Kast intentó blindar a su ministro de Justicia, Fernando Rabat, y desafió a la oposición con aprobar el presupuesto y presentar (ahora) la acusación constitucional en su contra. Sin embargo, más que autoridad, su intervención desde el extranjero exhibe una peligrosa desconexión con el país, agudizando la crisis con sus propios aliados y profundizando una polarización que tiene a su administración contra las cuerdas.
Un liderazgo obnubilado frente al colapso
Cuánto aporta realmente el presidente de la República a distender el exasperado ambiente político actual si, lejos de mostrar una actitud receptiva o autocrítica, opta por la confrontación. Mientras recibe portazos de sus propios aliados, interpela y reprocha a la oposición, agudizando un clima de polarización, la realidad ciudadana y los datos del tablero político marcan un límite crítico. Con un promedio de aprobación estancado en torno al 25%, y voces influyentes del análisis nacional advirtiendo que los errores gubernativos acumulados rozan la inviabilidad política —llegando a sostener que el Ejecutivo se encuentra al borde del colapso—, la respuesta desde La Moneda sigue siendo la contumacia.
Kast, desde Madrid —donde en su primer día priorizó reuniones con líderes de la ultraderecha internacional—, no buscó tender puentes. Al contrario, le puso más leña al fuego. Su mensaje a distancia deja entrever que no cederá en su rumbo, desoyendo el malestar ciudadano y blindado por una corte de asesores del segundo piso y sectores ultraconservadores del empresariado que parecen nublar su capacidad de escucha. Al asumir personalmente la responsabilidad política de las cuestionadas rebajas de condena a abusadores sexuales, el Mandatario no solo blinda a Rabat; se convierte en el escudo humano de una gestión desbordada.
El choque con Chile Vamos: fracturas y lealtades en entredicho
Las palabras del presidente llegan en el peor momento de coordinación con su propia coalición. Horas antes, el vicepresidente Claudio Alvarado intentaba apagar el incendio en La Moneda reuniéndose con los timoneles de Chile Vamos (RN, UDI y Evópoli). La cita buscaba contener el duro emplazamiento de Renovación Nacional, que exigió revisar responsabilidades directas en el núcleo estratégico del Gobierno, apuntando sin ambages al jefe del Segundo Piso, Alejandro Irarrázaval, y al director de Comunicaciones, Cristián Valenzuela.
Lejos de aplacar las aguas, la intervención presidencial agudizó los flancos internos. El intento de contención del Ejecutivo ya había tropezado con la resistencia en terreno: ni siquiera un llamado telefónico directo de Kast al diputado independiente-UDI Hotuiti Teao logró disuadirlo de mantener sus críticas. «Dialogar no es tranzar principios», advirtió el parlamentario isleño, reflejando que los votos oficialistas para frenar una eventual acusación constitucional están lejos de estar garantizados, tal como lo dejaron ver los diputados gremialistas en un asado reciente en Concón.
A esto se suma el fuego cruzado instalado por el Partido Nacional Libertario (PNL). Voces de esa colectividad salieron a disparar contra Chile Vamos, tildándolos de una «oposición amigable» y criticando duramente a figuras como Evelyn Matthei —quien advirtió que apoyaría el libelo si fuera parlamentaria—, acusándola de «seguir respirando por la herida». La derecha oficialista y sus afluentes muestran hoy fisuras profundas, divididos entre la defensa corporativa de un Gobierno acorralado y la distancia prudente que exigen sus bases territoriales.
Desafiar a la oposición: ¿firmeza o pequeñez?
En su ofensiva verbal desde Europa, Kast endureció el tono contra el Congreso, exigiendo que la oposición apruebe el presupuesto 2027 y desestimando las advertencias legislativas como una «pequeñez». Sobre la anunciada acusación constitucional, fue tajante: «Que la presenten y que se vote».
Sin embargo, catalogar de «pequeñez» la resistencia parlamentaria ante una crisis de esta magnitud revela una preocupante subestimación del momento institucional. La facultad de nombrar ministros recae constitucionalmente en el presidente, es cierto; pero la gobernabilidad y la viabilidad de un país no se sostienen únicamente sobre la letra fría de la ley, sino sobre la legitimidad política y la capacidad de diálogo, elementos que hoy brillan por su ausencia.
Kast ha decidido jugarse entero por la continuidad de Fernando Rabat, atando su propia suerte política a la permanencia de un ministro reprobado por la ciudadanía y cuestionado transversalmente. Al apostar por la confrontación y el desafío en lugar de la altura de miras, el Mandatario ratifica un estilo que, en lugar de ordenar a sus filas, profundiza la crisis y deja a su administración peligrosamente sola.
UNA REFLEXIÓN EDITORIAL CRITICA, PERO NECESARIA
Sería conveniente hacer una pausa, esperar que el presidente entienda y reaccione respecto a la realidad que vive el país bajo su administración. Un estadista sí lo hace, -sin que eso implique renunciar a su itinerario gubernativo, aunque con mayor prudencia mantenga su raíz ideológica-, como lo han hecho otros mandatarios, hay una sola ideología que debe ser predominante en un país como el nuestro: el acuerdo por sobre la soberbia o un solapado autoritarismo.
La disidencia a su gestión se puede multiplicar (protestas y paros inminentes, desaprobación ciudadana, etc.), pero la raíz del porvenir de los chilenos seguirá estando radicada en La Moneda, el palacio de la Democracia, salvo la intervención dictatorial de 1973 y de allí su responsabilidad, mayor que cualquier partido o movimiento de poder real o de facto, preservarla, sin límites por el sólo hecho de existir y de convivir con ella. Por lo que, es el deber de un presidente, no sólo ser o intentar ser un estadista, lo que no es fácil, demostrar con hechos, que se gobierna para Chile, (no para exhibirse ante aliados ideológicos extranjeros); para conservar, reforzar y hacer mejor el sentido democrático de una nación que se ha hecho así por si misma y por ilustrados mandatarios y legisladores que, incluso, no trepidaron en dar su vida, cargos, y poder, para no dilapidar lo que es del pueblo: vivir en libertad, sin autoritarismos ni imposiciones. En la calle se requiere hoy, nuevamente, conciliación no confrontación callejera violenta, ni verbal, como el entusiasmo por una medalla que, con sesgo estrictamente político, altera y persevera en una postura casi hormonal, de trinchera, ante sus mandantes. Y no basta con decir: Calma, vamos a estar mejor…






