¨**Lo que hoy vivimos en Chile probablemente no tenga demasiado de la jubilosa lírica periodística anti-extremos que se cita en este artículo, pero hay algo —o mucho— que inquieta. Esto ocurre tras haber superado las criminales décadas de polarización social y política, sumadas al oscurantismo de esa época, de negación de la democracia y del imperio dictatorial de las doctrinas, que han terminado por ser perversas. ¿Estamos esperando eso?
**La democracia, hambrienta de sensatez, se nos sigue escapando entre las manos».
**Del dogma a la vacuidad: la política actual cambió los grandes debates por el rebaño del verbo falaz y los pseudopolíticos de trinchera.
Escribe: Gustavo Cid Asenjo
EL TERCER OJO
De un momento a otro, el mundo cambia. Por ejemplo, del marxismo-leninismo exacerbado pasamos a la Unión Soviética de Gorbachov, quien se situó en la lógica —en ese entonces, una débil convicción— de que el mundo así no podía seguir.
Pronto, calmado el ímpetu que nacía del Manifiesto Comunista o del minilibro rojo de Mao, vino un rayo de esplendor para los alemanes. Para ellos, un pueblo dividido por las ideologías y sufriente de las secuelas nazis, el Muro de Berlín fue derribado, no por disposición de sus jerarcas, sino por obra de una comunidad que necesitaba unificarse.
Quiénes fueron, ya no vale la pena recordarlo; es mejor recordar el espacio que entonces se abrió, el cual comenzaba a llenar el vacío de la desesperanza para cambiarlo por fe en un mundo mejor. Sin marxismo, sin nazis ni el fascismo criminal de Mussolini. Hubo una tensa paz, entonces.
Pero la política cambia al mundo, y el mundo tiene que cambiar con y por ella, porque surgen otros eternos males: el imperio de una ideología por sobre otra y la polarización para abrir otro flanco de ímpetu pseudorrevolucionario o de un autoritarismo que se mostró amable primero, para luego ser cuna de un imperio dictatorial. En Sudamérica esto ha llegado a tener su máxima expresión, y el marxismo camuflado también requería abrirse paso.
Marx fue un gran pensador, al que hoy todavía se analiza a nivel académico y político con respeto en las aulas, pero con irrespeto y alteraciones sustanciales en quienes lo llevaron y llevan a la práctica. Lo leí; no es tan perverso. Sin embargo, bajo la acomodaticia interpretación de su obra, la acción de Lenin y Trotski, por ejemplo, fue dando vida a otra forma dictatorial tan perversa como la que se cría, en la práctica, en los íconos ultraderechistas, neonazis o fascistas.
Hemos atravesado centurias de manejo político acomodaticio de las mayorías, por las cuales los políticos de un signo u otro se inmolan, claro, verbalmente. Ocupan las bancas de los parlamentos para desbandar su populismo, su verborrea insulsa y su ignorancia, sabiendo que ello les da crédito popular. Se aplauden solos o celebran un discurso banal porque carecen de la capacidad de superar la ignorancia. Son rebaños del verbo falaz, no de la sustancia que alimenta el poder legítimo o el sincero deseo de que las palabras y la acción sean el espejo de lo que una ciudadanía quiere.
Y entonces, en este escenario vacío de neuronas —de la simpleza más aterradora, a la que lamentablemente hoy se rinde culto—, comienzan a seguir patrones de moda, sin que la inteligencia artificial ni el sentido común los guíen por un camino racional.
Pobres esbirros de la pobreza intelectual, pseudopolíticos que toman ideologías de trinchera o siguen los mandamientos no de un ser superior conocido, sino de una nebulosa de poder, corcheteados por un líder que eligieron con o sin causa, con o sin principios; lo eligieron por convicción o por ser simplemente seguidores de su misma nada.
Lo que hoy vivimos en Chile probablemente no tenga demasiado de la jubilosa lírica periodística anti-extremos que he citado, pero hay algo —o mucho— que inquieta. Esto ocurre tras haber superado las criminales décadas de polarización social y política, sumadas al oscurantismo de esa época de negación de la democracia y del imperio dictatorial de las doctrinas.
Digo, me pregunto, me inquieta, me exaspera: veo pocas luces en la oscuridad de una democracia que merecemos y que se nos puede ir fugando irresponsablemente de las manos. Las mismas manos que, antes de que el agua llegue al río, podríamos atrapar y conjugar ambos elementos —mano y agua— para producir un acercamiento, achicar las trincheras, evitar los campos de batalla y no tratar de descubrir la razón de la sinrazón. Navegar por el caudal de un río donde unos y otros se entiendan —o al menos lo intenten— en sus diferencias, y depositar todas las buenas intenciones de esa corriente amiga para ser leales, no solo a sus tiendas partidarias o a sus ideologías, sino observando a su entorno y no a sí mismos. Todo para cumplir una responsabilidad delegada, intentando ser fieles a esa representación que hoy se ve trastocada por una precaria fidelidad que termina en traición.
Algo o mucho de ello se vive en Chile. Pero basta de eufemismos, de mentiras, de sonrisas solapadas y de metáforas —o como se llame el recurso retórico de turno— para obligarnos a creer y obnubilarnos con un discurso de tránsito que nos devuelve a épocas pretéritas. Lo único que logran es levantar un muro infranqueable entre el ciudadano común y el ciudadano supuestamente ilustrado.
Así estamos. Y en este río revuelto donde las aguas se niegan a encontrarse, la democracia, hambrienta de sensatez, se nos sigue escapando entre las manos.






