A un cuarto de siglo del atentado más cruento e impactante de la historia moderna, la memoria de aquella jornada en que el mundo cambió para siempre.
Por Gustavo Cid Asenjo, Director El Gong.
Era para EL GONG un día importante. Habíamos trasladado nuestras modestas pero dignas oficinas a un segundo piso de calle Montt, casi al llegar a Bulnes. El Gong había crecido gracias a nuestro esfuerzo como familia y la deferencia de Max Henzi en la historia de este pionero medio digital en el país.
Max llegaba a su oficina en el primer piso de la edificación compartida muy temprano. Por tanto, al ingresar temprano, las alarmas se encendieron.
Claudia, diseñadora gráfica, cambió rápidamente su acción de rutina y se insertó de inmediato en la noticia del momento.
Recuerdo que me llegó un aviso: sintonice Al Jazeera, mientras mi madre Rosa y mi esposa, Leny, me surtían de datos frente a esta tragedia.
El equipo se activó. Todos, el más numeroso y calificado equipo de EL GONG en sus 26 años, reportaron cibernéticamente, al instante, un momento trágico para el mundo…
Hemos sido testigos y actores en un cuarto de siglo…
Las Torres Gemelas, un doloroso hito informativo en nuestra historia periodística…
El 11 de septiembre de 2001
El cielo de Nueva York amaneció con un azul limpio, despejado y frío aquel 11 de septiembre de 2001. Eran poco más de las ocho de la mañana cuando la rutina de Manhattan avanzaba a su ritmo habitual: miles de personas subían a los ascensores del World Trade Center con cafés en la mano, encendían computadores y revisaban agendas en dos de los edificios más altos del planeta.

A las 8:46, la normalidad se quebró con un estruendo ensordecedor. El vuelo 11 de American Airlines, secuestrado minutos después de despegar desde Boston, se estrelló directamente contra los pisos superiores de la Torre Norte. Al principio, la confusión fue total: las primeras cámaras de televisión transmitían un boquete humeante y hablaban de un posible accidente aéreo de proporciones catastróficas.
La certeza del horror llegó apenas diecisiete minutos más tarde, a las 9:03. En transmisión en vivo para todo el planeta, el vuelo 175 de United Airlines apareció en el encuadre, inclinó el ala e impactó de lleno entre los pisos 77 y 85 de la Torre Sur. La bola de fuego estalló frente a los ojos del mundo. Ya no cabía duda: Estados Unidos estaba bajo un ataque planificado.

El caos se expandió más allá de Manhattan. A las 9:37, un tercer avión comercial, el vuelo 77 de American Airlines, se precipitó contra la fachada oeste del Pentágono en Washington D.C., llenando de humo el corazón militar del país. Por primera vez en la historia, la Administración Federal de Aviación ordenó aterrizar a todos los vuelos civiles en el espacio aéreo estadounidense.
En los pisos superiores de las torres, cientos de personas quedaron atrapadas por el fuego y el humo espeso, sin rutas de evacuación. Abajo, los bomberos, policías y paramédicos subían por las escaleras mientras la multitud corría en dirección contraria buscando salvar la vida.

A las 9:59, la estructura de la Torre Sur cedió. En cuestión de diez segundos, un colapso en cascada pulverizó el rascacielos, levantando una densa nube piroclástica de escombros, ceniza y polvo que engulló las avenidas del bajo Manhattan.
Casi al mismo tiempo, en el cielo de Pensilvania, los pasajeros y la tripulación del vuelo 93 de United Airlines decidieron enfrentarse a los secuestradores tras enterarse por llamadas telefónicas de lo ocurrido en Nueva York. Tras un forcejeo desesperado, la nave cayó en un campo abierto de Shanksville a las 10:03, evitando un impacto seguro contra el Capitolio o la Casa Blanca.
A las 10:28, la Torre Norte sucumbió al fuego y se desplomó con la misma violencia devastadora.

La silueta icónica del World Trade Center desapareció del horizonte en menos de dos horas, dejando tras de sí un cráter humeante, cerca de tres mil vidas perdidas y un planeta que, a partir de ese minuto, entró en una era completamente distinta.
El 11 de septiembre de 2001 no solo destruyó dos rascacielos y segó casi tres mil vidas; quebró la ilusión de seguridad del mundo moderno. La humanidad perdió certezas fundamentales que nunca volvió a recuperar por completo:
A un cuarto de siglo, lo que verdaderamente se perdió en los escombros de Manhattan fue la sensación de vivir en un planeta seguro y predecible; en su lugar quedó instalada una cultura global marcada por la sospecha, el miedo y la vigilancia permanente.





